En el interior del país

Esta semana hicimos un pequeño roadtrip a Pinar del Rio. Ahí llegamos a conocer una Cuba muy diferente a la de la Habana ruidosa y cosmopolitana. En la „autopista“ vimos reflejados los diferentes medios del transporte del siglo pasado. Además vimos paisaje fascinante de los dos lados de la calle. Ahora empiezo a comprender porque la llaman „la tierra verde“.

En nuestro destino Viñales, cuyos habitantes se han orientado completamente hacía el turismo, gozamos de las ventajas de una terraza de techo con piscina y servicio de cócteles. Impresionante y sorprendentemente deportivo fue también la visita a la cueva „Santo Tomás“ – la segunda más grande de toda Latinoamérica.

El fin de semana siguiente viajamos en guagua (bus) hasta una playa cerca de la Habana. No fue de las más bellas que he visto, pero al final playa siempre es playa! Allá tuvimos un encuentro algo perturbante con un paisano alemán – en ejemplo clásico del rechazo de integración..!

Pero lean ustedes mismos:

Excursión a Viñales

Después de haber intentado (sin éxito) de conseguir un carro de alquiler todo el lunes, tuvimos más suerte el martes. De ahí nos fuimos a Viñales, que queda como a 3 horas al oeste desde la Habana. La carretera fue toda una aventura. Aparte de los numerosos pozos, fue interesante ver la diversidad de los usuarios de la vía: Habían bicicletas, carretas de bueyes o caballos, camiones que hacían turnos de U en medio de la autopista y por supuesto la cantidad de „peatones“ que esperaban a un bus o un carro que los llevara. Nosotros también llevamos a varias señoras en la carretera hacía Viñales. Según ellas, los buses solo pasan dos veces por día. Para algunas rutas no exista ninguna conexión.

En el mismo pueblo encontramos una casa particular linda. Como tantas veces en Cuba, llegamos allá por recomendaciones de otros familiares a los cuales habíamos preguntado primero. Nos encantaba sobre todo la terraza de techo, que hasta tenía piscinita. Allá pasamos las horas hasta el atardecer. También nos brindaron desayuno y cena (a 5 y 8 CUC) – siempre fue muy fresco y rico. La casa estaba conectada con tres o cuatro casas vecinas. Durante la comida me dio la impresión que los componentes fueron llevadas desde las diferentes cocinas. Así todos reciben su parte de los turistas.

Después de visitar diferentes miradores, entramos a la „Gran Caverna de Santo Tomás“ que está situada en las montañas de cal. La caverna es la segunda más grande de latinoamerica y tiene un sistema de pasillos de más de 46km. Sin embargo, solo un kilometro está accesible para turistas.

Remedios como escaleras o cuerdas solo había como dos o tres veces. De ahí había que defenderse escalando en los pasillos que muchas veces eran bastante empinados y resbalosos. De ese modo, mi pantalon y zapatillas se llenaron de barro. Un momento muy impresionante fue cuando el guía nos pidió que apaguemos las lamparas de nuestros cascos y que mantengamos silencio. El resultado fue oscuridad total y silencio absoluto, el cual pasé agarrada de la mano con mi hermana.

Aplazamos un poco la bajada para disfrutar la vista desde arriba con unos nuevos conocidos de Magdeburg, Alemania. Al salir de la cueva, la Evita y yo visitamos un monumento para las primeras milicias de la Revolución que queda justo al lado.

Al lado del camino y en edificios estatales muchas veces se encuentran mensajes políticos y consejos para la conducta de vida – por orden estatal obviamente. Encontramos muy interesante la frase „Para tener más hay que partir de producir más.“ Nos preguntamos como es donde nosotros. ¿Para tener más hay que producir más barato?

El pueblito de Viñales fue descrito en el Lonely Planet como „seguramente la ciudad más relajada y amigable de la isla“. Nosotros también la presenciamos así. Después de haber vivido la ruidosa y cínica realidad de la Habana, sentí Viñales como un pueblito abierto al turismo, pero aun „integro“. En la noche asistimos al centro cultural estatal que quedó al aire libre. El público se dividía en turistas y habitantes de igual manera. Estos últimos nos trataban muy amablemente, pero no tan exagerado y orientado en negocio como muchas veces lo vivimos en la Habana. Por supuesto que mi hermana y yo también entramos a la pista de baile. Después nos quedamos tomando cerveza en un parque cercano con algunos vecinos.

De vuelta en la Habana, pasamos una noche tranquila jugando domino con amigos. El primero para irse de la isla fue mi papá, a quien acompañamos hasta el aeropuerto. En la noche la Evita y yo disfrutamos otro atardecer en el Malecón y nos permitimos una cervezita en el balcón de uno de los restaurantes privados. Allá teníamos vista al agua y el sol que se iba desapareciendo detrás del perfil de los rascacielos. Más tarde jugamos con varios amigos el juego de cartas „Fase 10“ (hasta la ronda 6) hasta despejarnos a una larga caminata con un amigo que nos llevó sobre el malecón y la ciudad vieja.

 Encuentros en la playa

Un día nos fuimos con algunos amigos cubanos a una playa cerca de la Habana. Nos fuimos en una de las Limosinas anticuadas con siete asientos en total. Había que caminar el ultimo pedazo desde la autopista hasta la playa.

La playa, descrita en los guías turisticos como „encanto rústico soviet“, fue muy agradable de verdad. No había mucha gente y nos acomodamos debajo de un ranchito de palmeras donde había algo de sombra. El agua estaba tibio tirando a caliente, pero había una brisa sabrosa.

Ahí también tuvimos un encuentro con un señor aleman mayor de Konstanz. Primero se le había acercado a mi hermana en el agua, llegó consecuente hacía nuestro rancho. Me saludó preguntando „Y, ¿tú también vienes de la república de bananas?“.

Después me contó que se había casado por segunda vez ya con una cubana y que vivía alternando entre Cuba y Konstanz. Normalmente vivía en Santiago, pero con la destrucción fuerte que había causado el huracán, se fue a vivir a esta playa. Considerando que Santiago era su centro habitual, parecía raramente impasible frente a la catastrofe de „su“ ciudad.

A mi pregunta que como se vivía en Cuba, me contesto con indicaciones sobre la situación climática. También se quejo extensamente de la supuesta mala calidad de los restaurantes. Pero nos contó que ahora había solucionado el problema al emplear a una cocinera a quien le dio cinco libros con recetas.

Cuando le pregunté como le iba con la integración a la sociedad, me miró irritado por un momento. Luego me contesto literalmente „Ah, es que cualquiera conversación termina en que necesitan un dolar para alguna cosa, por eso he dejado de intentarlo.“ De eso nos dimos cuenta – no saludó ni miró de ninguna manera al amigo cubano que estaba sentado al lado mio.

En total fue un encuentro muy raro. Me recordó mucho de programas como „Goodbye Germany“. También había tenido experiencias similares con jubilados europeos o estadounidenses en Panamá. Parece que una conducta respetuosa o voluntad de integración son muy raros para este tipo de personas.

Ya despedimos a mi papá y a Eva, que se volvieron a Alemania y México respectivamente. A la Evita la acompañamos al aeropuerto en medio de la noche y la acompañamos hasta que de verdad no la pudimos ver más (brincando y haciendo señas en el puente sobre las tiendas Dutyfree). A ella la vuelvo a ver pronto cuando la visite en México en diciembre.

Esta semana me voy para Santa Clara – ciudad de estudiantes y centro de peregrinaje para los fans de Che Guevara.

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